Anorgasmia: la dificultad para llegar al orgasmo

Ciertamente no hay que tomarse el sexo como una carrera de obstáculos y de objetivos. El único objetivo importante es compartir un rato de cariño y un rato de placer. El objetivo no es la penetración. Ni tampoco el orgasmo. Y si una vez (o dos, o 3, o las que sean) no te corres, no pasa nada. Absolutamente nada. Ya, pero una cosa es no correrse una vez y otra muy diferente es no correrse nunca. Más aún: no haberse corrido nunca, jamás. Por cierto, no nos estamos refiriendo aquí al hecho de no llegar al orgasmo a través de la penetración, sino a no haber tenido jamás un orgasmo. Ni en el coito, ni con otras caricias. Ni en compañía, ni sola. O sea, nunca, de ninguna manera.

Frustración

Hay un número importante de mujeres que no se corren, que no tienen orgasmos, que nunca los han tenido, que ni siquiera saben qué es eso del orgasmo. De ninguna manera. De hecho, este es uno de los motivos frecuentes de consulta. Mujeres que quieren correrse, que quieren tener orgasmos.

Son varios los sentimientos que se entremezclan en las mujeres que no tienen orgasmos:

  • 1) De una parte, la frustración derivada de una actividad sexual estable, pero sin la descarga explosiva y placentera de la excitación acumulada a lo largo del juego sexual. Al no relajar esa tensión, la mujer no se queda relajada como un bebé, sino tensa y rabiosa.
  • 2) Al mismo tiempo, el hecho de no correrse es motivo de ansiedad y preocupación. ¿Qué me pasa? ¿Por qué?
  • 3) Lo cual les acarrea encima un cierto sentimiento de minusvalía, de no estar bien hecha, de no haber pasado el control de calidad.
  • 4) Y hasta un sentimiento de culpa hacia él, por no ser una buena amante, por no estar a la altura de él.

Esta reciente preocupación por el orgasmo femenino tiene aspectos muy positivos y otros no tanto. No es nada positivo el hacer del orgasmo motivo de obsesión, y convertirlo en el eje del encuentro sexual. Es una majadería. Sin embargo, hemos de alegrarnos de que si hace apenas cuatro días únicamente contaba la satisfacción del varón y el placer femenino era tachado de guarrería inmunda, impropio de una mujer «decente», hoy está ya plenamente asumido que somos seres sexuados, que el sexo y el placer es una de las dimensiones más hermosas no sólo de los primates humanos, sino de todos los seres vivos, y que mujeres y hombres tenemos deseos sexuales y gozamos con la actividad sexual. Que haya un creciente interés por el propio placer y por el del otro (sea hombre o mujer) nos parece una conquista social importante e irreversible.

Las causas de la anorgasmia

Son varias las causas que pueden contribuir a que una mujer no tenga una descarga orgásmica de la tensión sexual acumulada a lo largo del encuentro sexual:

  • 1) De una parte, la perniciosa influencia de una educación religiosa que siempre ha juzgado el sexo como algo sucio. La educación sexual que si ha sido cruel con los varones, aún lo ha sido mucho más con nosotras las mujeres, de quienes lo único que se esperaba era que nos dedicáramos al marido y a los hijos, sin mostrar deseos ni necesidades sexuales.
  • 2) Y consecuencia de esa educación sexual es la consiguiente falta de información sexual. No se ha permitido el que las mujeres conozcamos bien nuestra anatomía genital, y menos aún el que conozcamos las caricias, los caminos, los entresijos que a cada cual nos llevan al placer, a la excitación y al orgasmo. Y de hecho, todavía arrastramos el peso de la influencia de una cultura sexofóbica y mojigata que en muchos casos nos nubla los ojos y nos impide recorrer el camino necesario.
  • 3) Y encima resulta que nos falta una referencia que sería importante, muy importante: y es que no sabemos qué hacen las demás en la cama. Cómo juegan, cuánto disfrutan, cómo se lo montan, cuáles son sus gustos.
  • Los humanos aprendemos todo por imitación. Vemos qué hacen los demás y lo imitamos. Así aprendemos a sonreír, a gatear, a hablar, a atarnos los cordones de los zapatos, a conducir, un oficio... todo. Todo... menos en el terreno de lo sexual. Vemos a los demás comiendo, trabajando, conduciendo, durmiendo, pero nunca les vemos en su vida sexual. No tenemos ocasión de ver qué hacen y cómo se lo montan los demás en la cama. Jamás hemos podido ver a nuestros padres, ni a nuestras hermanas, vecinas o compañeras de trabajo retozando entre las sábanas. Así que no podemos ni observar, ni imitar, ni aprender. Aquí no tenemos imágenes, no tenemos modelos a observar, no tenemos la posibilidad de imitar y adaptar a nuestros gustos lo que (no) observamos en las demás. De donde resulta lógico el que en muchas parejas lo que hacen en sus encuentros sexuales no sea un estímulo adecuado para despertar el placer, la excitación y el orgasmo de ella. Sí el de él, pero no el de ella.

Y luego resulta que no nos ocurre lo que esperábamos. Y pensamos que con el tiempo ya lo conseguiremos. Pero el tiempo pasa y pasa, y nada. El tiempo no cambia las cosas. Y lo intentamos en distintas posturas. Y tampoco. Y nos desesperamos. Y poco a poco nos apetece menos. Y empezamos a poner excusas. Y lo hacemos cada vez menos. Y nos vamos poniendo cada vez más nerviosas. Y ellos. Y eso empieza a provocar mosqueos y tensiones con la pareja. Y nosotras nos sentimos culpables (la culpa siempre de nosotras). Pero no entendemos por qué nos pasa. Y empezamos a hacernos mil preguntas: ¿Seré muy lenta? ¿Estaré mal hecha? ¿Será una cuestión hormonal? ¿Y por qué me tiene que pasar a mí? Y nos entra la depre...

De manera que nos sentimos mal (fatal) por partida doble: por ellos y por nosotras. Y nos entran sentimientos de vergüenza y sentimientos de culpa: al compararnos con las demás nos entran sentimientos de vergüenza, de minusvalía, de no dar la talla, de no estar a la altura, de no ser una buena amante. Y al ver los mosqueos de él nos entran sentimientos de culpa, por las excusas que vamos inventando para evitar una situación que cada día se nos hace más cuesta arriba.

Pero el tiempo pasa y nada cambia. Y los mosqueos y tensiones van en aumento. Y la relación se empieza a resentir...

El orgasmo es salud

Por poco juego sexual que haya, la actividad sexual pone en marcha una serie de cambios fisiológicos. La sangre acude masivamente al sexo femenino. El clítoris y los pezones entran en erección, los labios vaginales se ensanchan y cambian de color, la vagina se humedece. Todos estos cambios producen una tensión creciente que conocemos como excitación sexual.

Cuando la excitación llega a su punto más alto se produce el orgasmo, una sensación muy intensa y breve. El orgasmo es una descarga muscular y neurológica que recorre nuestro sexo y nuestro cerebro, y que termina involucrando todo el cuerpo. Tras el orgasmo, todos los cambios fisiológicos antes experimentados remiten rápidamente. La sangre retorna al torrente sanguíneo, el clítoris pierde su erección, los pechos y los labios reducen su tamaño y el útero vuelve a su estado de reposo.

Sin embargo, si tras el proceso de excitación no tiene lugar el orgasmo, esos cambios remitirán muy lentamente, provocando un malestar físico y una frustración evidente. La vasocongestión sanguínea (retenida y no evacuada de los genitales por no haber tenido el orgasmo) produce molestias abdominales. Y es frecuente que la tensión no descargada produzca dolor de cabeza y trastornos estomacales. Al mismo tiempo, la falta del orgasmo produce un creciente desinterés hacia el sexo, lo cual a su vez genera fuertes tensiones entre la pareja. Claro que el orgasmo es importante. Porque el orgasmo es salud.

Qué hacer

Si a ti también te pasa, si el sexo te resulta una experiencia sosa, monótona y repetitiva, que simplemente te cansa y te hace perder horas de sueño, si estás ya harta de estar perdiéndote algo importante..., pues lo más importante será sacar conclusiones de la experiencia y admitir que el camino seguido hasta ahora no ha resultado precisamente muy eficaz. O dicho de otro modo, que ya ha llegado la hora de pedir ayuda y ensayar otros caminos.

Y es que sólo hay dos posibilidades:

  • 1) Quedarte como hasta ahora, quedarte a dos velas, seguir perdiéndote lo que las demás sí disfrutan, seguir en el atasco, de manera que la relación de pareja se va deteriorando de día en día; o...
  • 2) Pedir ayuda, mediante la cual valorar, retomar y descubrir tu vida sexual. La tuya. Negarte a seguir perdiéndotela y empezar ya a conocer los caminos y entresijos que te llevan a tu propio placer. Para que el sexo ya no vuelva a ser para ti una pérdida de horas de sueño.

Si tú quieres, en las clínicas ASKABIDE te podemos ayudar. Si deseas más información, si entiendes que te estás perdiendo una dimensión importante de tu vida sexual, puedes ponerte en contacto con nosotros o acercarte a alguna de nuestras clínicas.

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